espacio

La revolución de las comadres

(Publicado originalmente en N. PARADOXA, INTERNATIONAL FEMINIST ART JOURNAL. RETHINKING REVOLUTION. Volumen 10, 2002.

La vida y mi hígado me han enseñado muchas lecciones. La primera es no vivir tan enojada contra el mundo por la desigualdad, las luchas de poder y la mezquindad humana. Incluso por la maldad humana o peor aún, la estupidez. Son parte de los desastres naturales y, como con los terremotos o las inundaciones, lo mejor es prevenir sus estragos y organizarse para remediar sus daños. No dejo de llorar por quienes sufren por la avaricia, la incompetencia o la locura ajena y, dentro de mis posibilidades hago lo posible por combatirlas, pero ya entendí que son batallas que enfrentamos a diario, en lo personal o en lo social, y que nunca se gana del todo. Hoy sé que pelear las batallas chiquitas (incluso las que hay que librar contra uno mismo para deshacerse de prejuicios e ignorancia) es tan importante como educar o cambiar las leyes y que sus resultados casi siempre son más efectivos que la fuerza y la violencia.

También he aprendido que cuando estoy en una situación en la que me siento incómoda o inadecuada, generalmente no soy la única y si bien a veces esto puede deberse a mi incapacidad, es posible que mis patrones y conceptos culturales estén enfrentándose a unos que le son ajenos y que, en lugar de sentirme intimidada y por ende a la defensiva, lo mejor es consultar con alguna de mis comadres para ver si se trata de mi bronca personal o si podemos inferir que estamos ante un problema social. Para quienes no conocen la palabra comadre, permítanme explicarles que además de ser la mujer que bautiza a un hijo nuestro, su madrina, también es un término para describir a una gran amiga con la que uno chismea. Pero para mí las comadres son algo todavía más especial. Son aquellas mujeres con las que comparto la creación (comadres / co-mothers), a veces de productos artísticos, pero generalmente la de una visión de la realidad.

Cuando recibí la invitación por parte de mi comadre Katy Depwell para colaborar en este número sobre la relación de las mujeres artistas a la revolución, a replantear su significado, me dio urticaria. "Revolución" es una palabra que me incomoda por lo que implica en México y porque a veces me siento como una inútil por lo poco que hemos logrado incidir las mujeres artistas en México en la transformación de nuestra sociedad a pesar de nuestros mejores esfuerzos.

En México tuvimos una Revolución en 1917 que arrastró a la muerte a un millón de personas de los dieciséis que había en el país. Además adquirimos al PRI, el partido que nos gobernó durante siete décadas y que apenas pudimos sacudirnos hace menos de dos años. Para ello nos tuvimos que arriesgar a poner en el poder a un presidente del PAN, el partido de derecha. Su poder está acotado por un congreso en el que no hay mayoría y por ende tampoco consensos, y un jefe de gobierno de la Ciudad de México -la más poblada del mundo- del PRD, el partido de izquierda. En pocas palabras, la única opción para salir del embrollo en el que metió la Revolución fue recurrir a una situación de esquizofrenia política total. Hoy viven en extrema pobreza cuarenta millones de mexicanos y la distribución de la riqueza es vergonzosamente desigual. La Revolución sólo le hizo justicia a unos cuantos.

En términos de cultura, la Revolución logró que todos los gobiernos subsecuentes se dieran a la tarea de vendernos la fantasía de la unidad nacional y la riqueza de nuestra herencia indígena. Quizá por crecer dentro de este espíritu nacionalista, que no por ello chovinista, confieso que a mi sí me gusta sentir que pertenezco a un país. Y pienso que este nacionalismo, entendido como sentido de pertenencia, responde al espíritu comunitario y de familia que todavía disfrutamos y que me parece muy civilizado.

También estoy orgullosa de la herencia indígena de este país, como deberíamos estar todos los que tenemos por lo menos un porcentaje de sangre indígena, que, siendo un país eminentemente mestizo, casi todos llevamos. Pero esa misma Revolución durante décadas nos vendió una idea mítica del indio, marginando brutalmente a grupos indígenas reales. El proceso ideológico que nos conformó como nación fue impuesto por el gobierno, lo aprovechó la elite económica y los artistas, aunque tenían la intención de transformar al país, acabaron siendo utilizados para ello. Si bien el rescate de la historia prehispánica y la cultura popular que promovieron artistas como Diego Rivera y Frida Kahlo a través de su obra, de las colecciones que ellos integraron e incluso de su forma de vestir fue revolucionario en su momento, con el tiempo ayudaron a mitificar "lo indígena". Parece que las revoluciones culturales, como serpientes, acaban mordiéndose su propia cola, especialmente cuando al tratar de rescatar a otro, no los dejamos hablar.

En 1994, el Ejército Zapatita de Liberación Nacional (EZLN), cuyo vocero es, irónicamente, el Subcomandante Marcos, de extracción urbana, universitaria y blanca, se dio a la tarea de levantarse en una paciente guerra que, a través de Internet, puso en primera plana a nivel mundial la problemática indígena. Afortunadamente, por lo menos hasta ahora, ha sido un conflicto armado de violencia contenida. Me pareció que esta lucha había sido relevante en términos de la imagen de la mujer mexicana cuando el 28 de marzo del 2001, la Comandante Esther se paró en el Congreso de la Unión a exponer los planteamientos del EZLN después de una larga marcha de los Zapatistas a la ciudad de México rodeados del apoyo de millones de mexicanos. Hasta entonces mi archivo mental no incluía la imagen de una indígena hablando ante el Congreso. Para mí esa sí fue una verdadera revolución. La imagen de la Comandante Esther y la de la mexicana Soraya Jiménez ganando medalla de oro en halterofilia durante los últimos Juegos Olímpicos tras levantar 127.5 kilogramos, han sido más importantes para cambiar las imágenes internas que teníamos las mexicanas de nosotras mismas, que cualquier obra de arte.

Por otro lado, después de tantos años identificándome como artista feminista, de luchar por los derechos de la mujer, esta también me parece una Revolución que ha dejado un campo minado. Hoy veo a muchas mujeres integradas al campo laboral, no por un afán de independencia, sino por necesidad económica. Veo muchas familias desintegradas y muchos hijos solos, aún cuando aquí todavía las abuelas cuidan a sus nietos. Al igual que a los artistas nacionalistas que creyeron que contribuían con sus obras a una revolución social y con el tiempo los alcanzaron los intereses económicos y políticos de los grupos de poder que aprovecharon en su beneficio propio sus planteamientos, veo que lo mismo sucedió con el arte feminista. Reconozco estos peligros y sé que no por ello puede uno dejar de trabajar, pero hoy términos tan radicales y románticos como "revolución" me dan urticaria.

Como me da por lanzarme con el mismo entusiasmo a la lucha radical, como lo hice de joven, como a los cuestionamientos amargos, como me ha dado por hacerlo ahora que estoy por llegar al medio siglo, decidí reunirme con mis comadres para abordar los espinosos temas planteados por Katy. Invité a tres comadres especialistas en cuestiones de arte y género para reunirnos a discutir las preguntas. Si no cambiábamos al mundo, por lo menos nos habríamos dado el gusto de vernos.

Mis tres invitadas son artistas y además estudiosas de cuestiones de arte y género, lo cual, para mí, es toda una Revolución. Durante los últimos treinta años el número de artistas mexicanas interesadas en el feminismo ha sido minúsculo. Entre las pocas valientes en asumirnos como artistas feministas a partir de finales de los setentas estuvimos Maris Bustamante y yo, que en 1983 formamos el grupo Polvo de Gallina Negra. Nadie más quiso participar, por lo que decidimos cerrar la entrada excepto a aquellos seres humanos que nosotras mismas hubiésemos parido. Hace dos décadas nadie quería jugar con nosotras. Por eso hoy disfruto sabiendo que, aunque somos pocas, ya no estamos solas.

Con dos de mis invitadas participé escribiendo textos para los suplementos de La Triple Jornada del diario La Jornada de marzo y abril de 2001 que abordaron el tema de las artistas desde una perspectiva de género, algo que no sucedía en México desde 1984, cuando la revista FEM dedicó su volumen IX, número 22 abril-mayo al tema de La Mujer en el Arte. La Triple Jornada (http://www.jornada.unam.mx/2002/feb02/020204/entrada42.htm), así como en Creatividad Feminista (http://creatividadfeminista.org/fr_artfeminismo.htm, son publicaciones dirigidas por Ximena Bedregal.

Lorena Zamora es artista e investigadora del Centro Nacional de Investigación y Documentación de Artes Plásticas (CENIDIAP) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Ella es la única especialista del CENIDIAP avocada al trabajo de las mujeres artistas. El año pasado publicó EL DESNUDO FEMENINO: UNA VISIÓN DE LO PROPIO, editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el INBA. Es el primer libro en México sobre arte contemporáneo con una perspectiva de género. Actualmente está terminando su maestría en estudios de la mujer en la Universidad Autónoma de México con una tesis llamada EL IMAGINARIO FEMENINO EN EL ARTE.

Inda Sáenz (México DF., 1957) es artista y crítica de arte. Actualmente está escribiendo su tesis de maestría en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) sobre el tema IDENTIDADES FEMINISTAS EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO EN MÉXICO y después de insistir implacablemente, ella y la historiadora en arte Karen Cordero, recibieron un apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para realizar la antología que llevará el título INTERVENCIONES FEMINISTAS EN LA HISTORIA DEL ARTE para el que están traduciendo textos fundamentales de la teoría del arte feminista que no se consiguen en español.

También invité a Verónica Sahagún, joven artista recientemente egresada de la ENAP con una tesis llamada "IDENTIDAD EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO: ALGUNAS MUJERES ARTISTAS DE LA SEGUNDA MITAD EL SIGLO XX porque me pareció que era importante tener el punto de vista de una artista joven ya que su situación es particular: les han vendido el mito de que la situación de la mujer ya cambió, pero en términos de oportunidades profesionales (por no meternos en cuestiones más difíciles como la violencia hacia las mujeres) hoy son peores que hace un cuarto de siglo porque en ese momento por lo menos sabíamos que como mujeres estábamos enfrentando ciertos problemas sociales que había que resolver de manera organizada. Muchas jóvenes carecen de esta visión y se sienten fracasadas.

Cabe subrayar que el trabajo de cualquier persona que quiera realizar estudios académicos en torno a la mujer en México enfrenta grandes obstáculos. Uno de ellos es que las instituciones dedicadas al arte carecen de especialistas en estudios de género y las avocadas al estudio de la problemática y aportaciones de la mujer no tienen especialistas en arte, por lo que no hay cursos que les permitan centrarse en su estudio y tienen que cumplir con programas demasiado generales. También encuentran dificultad a la hora de conseguir tutores porque los otros investigadores se sienten ajenos al tema. Ellas están abriendo brecha. Por último, es difícil encontrar libros sobre estos temas en otros idiomas, casi imposible obtener traducciones al español y, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, casi milagroso encontrar publicaciones propias. Esto último me parece grave porque mientras no elaboremos nuestras propias investigaciones, seguiremos siendo consumidoras de ideas ajenas.

La conversación de esa noche fue tan cálida y divertida como suelen ser mis encuentros con estas mujeres. Cenamos rico. Grabamos todo lo que dijimos, pero decidí escribir el texto haciendo un hilvanado grueso de los puntos que tratamos sin citarlas a cada una porque creo que esa noche hablábamos entre amigas que compartimos experiencias y conocimientos y es importante contextualizar nuestra plática.

El primer punto en el que coincidimos fue lo extraño que nos parece hablar de un arte político hoy, a pesar de que procedemos de una larga tradición artística comprometida con las causas sociales que se coronó con el Movimiento Muralista en México y se radicalizó en los setentas con el fuerte movimiento de grupos de artistas que cuestionaron las formas, los temas e incluso las formas de distribución del arte. En los ochentas incluso hubo un pequeño pero potente movimiento de arte feminista en el que participaron muchas artistas en forma individual (Magali Lara, Rowena Morales, Carla Rippey, Nunik Sauret, etc.) y llegó a haber tres grupos de arte feminista (Polvo de Gallina Negra, Tlacuilas y Retrateras y Bio-Arte) que trabajaban géneros no-objetuales como el performance, esto se debió tanto a las propuestas de la Generación de los Grupos como al movimiento de arte feminista internacional cuyas noticias nos llegaban de vez en cuando. Aún así, en la cena todas coincidimos que hoy, aquí, arte y compromiso político se han convertido en premisas tan opuestas como el agua y el aceite. Y los artistas jóvenes creen que para dedicarse al arte, tener una carrera y ser invitados a las bienales internacionales, lo importante no es su propuesta, sino conocer a los curadores internacionales y conseguir becas.

Entre más hablábamos sobre la distancia entre el arte y su realidad social, más nos indignábamos. Nos preguntábamos por qué será que en México, bajo las circunstancias de pobreza que vivimos, con situaciones tan terribles como los asesinatos de cientos de mujeres en Ciudad Juárez, con problemas de pueblos enteros que se quedan sin hombres que cruzan a Estados Unidos para tratar de obtener ingresos que aquí no encuentran, con la difícil situación de los grupos indígenas, el arte aparentemente esté tan alejado de la realidad.

La respuesta a la pregunta fueron más preguntas: ¿Un arte comprometido, revolucionario, tendría que confrontar estas realidades de frente para ser revolucionario? ¿Un arte verdaderamente feminista tiene que ser de denuncia? ¿El arte que promueve el Estado es lo único que hay... lo mejor? ¿Las artistas mexicanas tendríamos que estar haciendo obra de denuncia? ¿Somos inconscientes o estamos enajenadas por no hacerlo?

Quizá sí. Pero también es claro que estamos respondiendo a una realidad y que, más que inmersas en una revolución, las artistas mexicanas están en plena resistencia.

Hay que resistir como artistas y seguir trabajando en otras cosas para patrocinar nuestra producción porque nuestro mercado del arte es bastante flaco.

Hay que resistir el desconcierto ante el fin de la utopía socialista. De crecer en un ambiente que promovía una ideología de izquierda que los artistas abanderaban con enjundia, hoy enfrentamos la glorificación del neo-liberalismo galopante.

Hay que resistir a los procesos de globalización después de vivir durante décadas en un país enconchado en sí mismo, sólo para descubrir que de todas maneras nos va a tocar la de perder.

Hay que resistir ante el imperio de la tecnología, desde internet hasta la férrea imposición de la televisión y el cine estadounidense: siempre estamos tres pasos atrás y tenemos nunca vemos nuestra realidad reflejada en esa cultura popular visual que consumimos porque es a la que tenemos acceso.

Hay que resistir las trampas del carácter escéptico y desconfiado que los mexicanos hemos desarrollado por después de décadas de autoritarismo y corrupción. Ni siquiera es fácil aceptar que las luchas sociales en México han tenido logros muy importantes como quitar al PRI del poder o asegurar la libertad de expresión. Hoy estos cambios son una realidad. Aparentemente, porque si bien hoy como artistas podemos decirlo todo, nada tiene impacto...sólo hay ruido.

Después de delinear tan dolorosa realidad, lo que no pudimos resistir fue otra copa.

Ahora bien, esta distancia entre arte y política no es del todo cierta. En México sigue habiendo un trabajo artístico muy comprometido. Por ejemplo, hay un colectivo de mujeres artistas que se llama LA IRA DEL SILENCIO, que presentan exposiciones sobre temáticas como las mujeres indígenas o la violencia doméstica en centros alternativos o en la calle. Ana Iturbe liderea este grupo. También está COMUARTE, el Colectivo de Mujeres en las Artes Visuales que, con el apoyo de la muralista Patricia Quijano, está trabajando proyectos artísticos con sexo-servidoras y con grupos de apoyo a mujeres violadas. Pero su trabajo, como el de otros artistas comprometidos con causas sociales, no tiene eco en los ámbitos del poder cultural del país, que está interesado en promover la visión de que el trabajo artístico de México es parte del mainstream del arte contemporáneo internacional.

El siguiente plato fuerte fue una pregunta de Lorena, planteando que las artistas feministas nos habíamos alejado de las temáticas de género en nuestra obra. Si bien en los ochentas abordábamos temas como la maternidad, el trabajo doméstico y la sexualidad, hoy según ella, hemos alejado de estos temas. ¿Habíamos claudicado? ¿Traicionamos la causa? ¿Después de abrir las temáticas feministas en México, las habíamos olvidado?

Por ejemplo, en los ochentas, Maris Bustamante (México, 1949) abordaba en su obra temáticas evidentemente feministas como la fiesta de quince años, el trabajo doméstico o la sexualidad que analizó, entre otros, en escandalosos espectáculos como Obsenikus en 1990 cuando presentó temporadas en el Bar Bugambilia y en Los Talleres en la ciudad de México. Ya para 1977, vemos de ella obra como el performance Milagro, Milagro que presentó en Ex-Teresa: Arte Actual en el que aparentemente se ha alejado de las cuestiones de género. En esta ocasión se paró frente a un podio con el escudo nacional colocado frente a una larga mesa en la que cada comensal encontraba una rebanada de panqué con un pequeño milagro (los relieves en metal que se colocan en los santos en las iglesias cuando cumplen un favor) y, a manera de vino de consagración, un tequila. En tono entre político y religioso Maris dio un discurso y después caminó entre los comensales tomándoles la mano en la que debían resguardar el "milagro" y les adivinaba la suerte. Parece que Maris abandonó su discurso feminista, pero yo creo que lo llevó un paso más allá, asumiendo un rol institucional antes limitado a los hombres. Maris tomó el poder para cuestionarlo desde adentro.

Y entiendo esto en el trabajo de Maris porque yo misma, durante los últimos años también me he dedicado a hacer piezas de lo que Víctor Lerma (mi socio en el arte y en la vida) llamamos arte conceptual aplicado con las que pretendemos lubricar el sistema artístico. Hemos hecho obra sobre la relación de los artistas con la crítica, el periodismo cultural o los museos y muchas que tienen que ver con la memoria y la documentación en el arte. Parecería que me he alejado de las temáticas feministas, aunque en mis dibujos, de índole más autobiográfica, sigue estando presente. Sin embargo me parece que las estrategias que desarrollé en el arte feminista son las que sigo aplicando en mi trabajo, por lo que no hay un abandono, sino una transferencia. Creo que tanto Maris como yo hemos insertado lo que lo que descubrimos en el feminismo a otros aspectos de la realidad. En estas obras nos vemos como las mismas feministas furiosas que siempre hemos sido.

Durante la cena también hablamos de lo que le ha sucedido a las artistas de la generación posterior a la nuestra, la de las artistas nacidas en los sesentas. Ellas empezaron a desarrollarse como pintoras cuando las cuestiones de género eran bien vistas y se lanzaron de lleno a trabajarlas, aunque nunca se asumieron como feministas e incluso rechacen tener problemas por ser mujeres. Por ejemplo, en 1991 Mónica Castillo (México, 1961) tuvo la exposición PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD en la galería OMR en la que ensamblaba ollas y sartenes a sus cuadros. La última exposición que le vi, hace un par de años, después de realizar diversas series en las que se autorretrataba obsesivamente, abandona ese mirarse a ella misma para ver al "otro": sus cuadros pintados se convierten en fotografías de un modelo hombre cuya piel pinta. Tiene un video maravilloso en el que lentamente pintar sobre un falo que responde gloriosamente. Por su parte Patricia Soriano, que empezó pintando cuadros de gran fuerza onírica y autobiográfica, ahora pinta series de perros que retratan a la humanidad mejor que los hombres y las mujeres. El caso de las performanceras es distinto porque, al trabajar con su cuerpo, es casi inevitable confrontar cuestiones de género en su obra. Lorena Orozco, Pilar Villela, Elvira Santamaría, entre otras, son algunas de las performanceras de gran fuerza de quienes no hablaré porque durante nuestra conversación no salieron a colación, aunque merecen un texto aparte.

Esa noche decidimos que quienes enfrentan la situación más difícil son las artistas jóvenes, para quienes la competencia por colocarse en el mercado del arte es feroz. Por otro lado, el proceso de pauperización del país ha afectado seriamente a la cultura y la educación, por lo que su nivel académico es deficiente y se ve aún más afectado porque la falta de materiales bibliográficos que pudieran ayudarlas a suplir estas carencias en forma autodidacta. A cada rato me topo con artistas jovencitas que me preguntan si creo que su trabajo es feminista, como tratando conseguir que alguien les defina lo que son porque ellas mismas no saben y Verónica enfrentó gran desconfianza de sus compañeros que consideraban extraño su interés por el tema de las mujeres artistas. Incluso la acusaban de feminista, aunque una vez que leyeron su tesis vieron simplemente estaba hablando de toda una serie de conceptos y una visión de la historia a la que no habían tenido acceso.

La conversación nos llevó por distintos caminos. Hablamos del trato discriminatorio que seguimos recibiendo. Por ejemplo, se mencionó el desdén que ha recibido Patricia Soriano como maestra en la ENAP ya que ni siquiera tiene salón permanente. Inda nos recordó un artículo que escribió en el que comparaba los precios de la obra de mujeres y hombres artistas en el Salón Bancomer, una importante muestra anual. La lista de precios mostraba que las obras de las artistas costaban una tercera parte que las de ellos. Lorena subrayaba que nos hemos ganado la libertad para hacer y decir lo que queremos, pero yo le discutía que sin un contexto social dispuesto a ver y escuchar, ésta no servía.

Otro tema fue la influencia del feminismo sobre los artistas varones. Carlos Arias ha incluido el bordado en la producción de su obra, pero en general se han recrudecido los estereotipos masculinos. Mencionamos varios artistas, entre ellos Carlos Amorales y Demián Flores, que han obtenido gran éxito utilizando figuras de la lucha libre. También varias mujeres artistas, especialmente performanceras, se han apropiado de ellos. Lorena Wolffer ha salido en diversos performances utilizando una máscara de luchadora y Andrea Ferreyra creó un personaje llamado Chuchita la Boxeadora. ¿Quieren ser hombres o reflejan la fuerza interna que sienten? ¿Su obra refleja la realidad, o la está cambiando? Recordemos a Soraya Jiménez, la campeona olímpica y a la Comandante Esther en el Congreso de la Unión con el rostro cubierto por su pasamontañas como todos los Zapatistas.

La cena termina y el mundo sigue igual. Hablamos de que es hora de armar un buen seminario sobre cuestiones de género en México. No ha habido más que un par de encuentros de poca trascendencia entre artistas mexicanas. Hoy hay mujeres como Lorena, Inda y Verónica insertas en las instituciones que han ido abriendo brecha y hasta es posible pensar en proyectos con apoyo institucional. De postre disfrutamos nuestro entusiasmo por este futuro simposio que empezamos a cocinar.