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Lunes, 04 Agosto 2014 18:47

Calas. Intervención mínima significante

Mesa redonda de clausura

Dialogía visual II, de Víctor Lerma

Sala de Arte Público Siqueiros

16. 07. 2009

Calas: intervención mínima significante

Iván Ruiz

Quiero comenzar esta breve participación recordando la acepción más antigua del término cala. Según el primer diccionario del castellano, publicado en 1611, la entrada inmediata de cala es la siguiente: “tienta del cirujano con que va tentando lo que ahonda la herida.”[1] Si bien esta definición de instrumento de exploración quirúrgica ha caído en desuso y en su lugar se ha consolidado un significado más orientado hacia la acción de ruptura o de perforación mural con fines analíticos distintos, las calas que Víctor Lerma ha realizado en este espacio compactan la densidad semántica de este término y por ello mismo le dan una singularidad conceptual a esos agujeros que hoy nos convocan en su clausura inminente: como si atestiguáramos una cirugía, estas calas permiten que nuestra mirada penetre por las cavidades de los muros; de algún modo, ellas hacen las veces de las tientas del cirujano que abren camino hacia la profundidad. Pero también, como si asistiéramos a un proceso de restauración, los huecos que configuran las calas ofrecen una evidencia científica del material empleado para la construcción de las paredes y además exhiben los residuos de las remodelaciones transcurridas en el devenir del tiempo. Por lo tanto, las calas de Lerma concentran la fuerza de una penetración táctil y óptica que desborda una finalidad inmediata y/o utilitaria; estos agujeros son algo más que un instrumento de perspectiva espacial y de correspondencia geométrica con los murales de Siqueiros y, en definitiva, algo más que un recurso científico de análisis mural. En definitiva, es este “algo más” lo que permite hacer despegar a estas calas de su constricción técnica para proyectarlas en otro horizonte de sentido, más cercano al acto de creación conceptual y a la experiencia estética.

En este otro horizonte más fluctuante, menos preciso, las calas producen un juego incesante con los sentidos; los ocho agujeros, distribuidos en este espacio, son profundamente perturbadores, pues además de resistir una definición genérica, su función más inmediata parece ser la de poner en crisis la preservación de un inmueble tan connotado como éste a través del efecto de descuido o de deterioro en los muros. En todo caso, esta desestabilización se ajusta cuando se explica parcialmente, a través de una cédula o de una visita guiada, la intención que motivó la creación de estos agujeros. Pero más allá de esta intención que Lerma ha explicado muy bien, aparece otra que no se resuelve tan fácilmente y que es más evanescente pues compete a quien percibe con atención las calas. En tal medida, lo que explicaré a continuación responde a una experiencia personal con Dialogía visual II, la cual tomó forma con la explicación y el material que Víctor me proporcionó, y además con lo que estas calas produjeron en mí tanto en la observación directa como en el recuerdo posterior a la visita de esta exposición. Desde mi perspectiva, el elemento más perturbador de estas calas corresponde, en definitiva, a un extraño efecto de fuerza corporal que me ha conducido a una reflexión sobre una propiedad de los objetos artísticos: “lo mínimo significante”. Antes de hablar de esta propiedad, intentaré explicar este primer efecto referido al cuerpo tanto en el acto de creación como en el de contemplación.

La penetración táctil y óptica de la cala, producida lógicamente por una fuerza manual que violentó el muro, está de algún modo matizada debido a la cuidadosa composición óptica que se proyecta de manera estratégica en los murales. Así, por más contradictorio que parezca, la fuerza que impulsa este acto de penetración, es decir, la acción misma de calar[2] la cual se encuentra en el origen del proceso creativo, parece estar atravesada por una especie de contención que actúa sobre esa fuerza y que disminuye de modo sutil su intensidad: la cala se presenta así, para quien la observa con atención, como un agujero francamente sofisticado, esto es, como una brecha o rotura contenida en sí misma en donde no se pone en evidencia la intensidad manual que impulsó el calado.

Esta cualidad de sofisticación en un agujero, es decir, la de parecer una perforación hasta cierto punto manierista en la cual se exalta una destreza o un artificio de la técnica, produce algo radicalmente singular en el conjunto de calas que integran Dialogía visual II: la aparición de “lo mínimo significante.” Como la fórmula lo indica, lo mínimo significante proviene de los detalles casi imperceptibles y constituye un llamado de atención sobre aquello que no alcanzamos a ver a primera vista y que además desestimamos en términos de significación. A diferencia del arte minimalista, el cual se sustenta en una noción más pura de lo mínimo –según Richard Wollheim «un mínimo contenido de arte» cuyo sentido es transparente y tautológico–, lo mínimo significante marcaría más bien un estadillo y una apertura hacia un horizonte complejo de sentido.

Las calas de Lerma, las cuales comparten esta propiedad de lo mínimo significante, se comportan precisamente de esta manera: en un espacio dominado por una plasticidad altamente simbólica y connotada por la cultura aparece un detalle que produce una sutil ruptura con la homogeneidad espacial; detalle que incluso, para algunos, podría pasar desapercibido. La ruptura cobra intensidad en el momento en que la cala “abre los ojos” de quien la observa: ese detalle insignificante, ese agujero producido por un deterioro, vira el sentido de la percepción y se muestra en su esplendor, antes mínimo y contenido, ahora máximo y desbordado. De este modo, la cala se libera de ese peso simbólico de los murales y de su restricción técnica y se transforma en sí misma en un dispositivo de percepción: la cala avanza en profundidad, remueve los estratos de la pared, revela otras historias enterradas en los muros y hace cómplice al observador de este acto cargado de un voyeurismo sumamente delicado. Esa cala que en algún momento pudo haber parecido un accidente o el resultado de un descuido y que en tal medida podría haber sido ignorada, se impone entre el “cuerpo” arquitectónico y el cuerpo del observador, entre el hueco en el muro y la mirada atenta de quien observa, como si tratara de recuperar esa acción del cirujano que va tentando lo que ahonda la herida.



Sebastián de Covarrubias. Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid: Castalia, 1995 [1611], p. 231.

“Calar. Verbo latino penetrare, pasar de una cosa a otra, como calar el agua, el vestido, calar el melón con el cuchillo.” Loc. cit., p. 234.

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